La Raiz.

   embelecar

Escribí este relato casi del tirón.  Viene siendo un pequeño homenaje a uno de los padres de la literatura fantástica.

      Había una vez un árbol que no se conformaba con comer tierra, beber agua, cavar hondo y dormir. Cuando no era más que un brote apenas salido del pipo, soñaba con ver qué era lo que había más allá de los grandes árboles que no le dejaban ver el bosque.          

Durante sus primeros años se concentró en crecer, quería ser tan alto que pudiera ver por encima de sus leñosos congéneres. Incluso trató de seguir creciendo  en invierno, pero sus hojas se helaban y se caían. Al llegar los primeros efluvios de la primavera también era el primero en sacar a relucir sus tiernas hojas para así poder crecer más y más tiempo. Durante algunos años fué el último en tirar las hojas en otoño y el primero en hacerlas brotar de nuevo, así pronto el brote se convirtió en un plantón estirado y delgado que se cimbreaba con la mínima brisa y era el hazmerreir de los árboles circundantes.

“Tengo que fortalecerme si alguna vez quiero salir de aquí”. Pensaba. Los robles de alrededor se rieron entre ellos.

“No puedes arrancar tus raíces de la tierra, no puedes irte, eres un árbol. ¿Ves acaso que alguno de nosotros lo haya hecho?”

El olmo dijo: “Ese pensamiento no es digno de un árbol que se precie. Es hora de que pongas las raíces en la tierra, muchacho”

El plantón vió que tenían razón, pero la idea nunca lo abandonó. Cavó tierra con sus raíces mientras un plan cobraba forma bajo su corteza. Encontró una buena veta de agua siguiendo una de las raíces el viejo Pyrenaica e hizo brotar grandes hojas que buscaban la luz. A los quince años era un árbol robusto con ramas de brotes abultados y el viejo Pyrenaica languidecía por falta de riego. Sus escasas hojas dejaban pasar el sol que le faltaba, y el joven árbol regresó a su plan. Durante todo ese tiempo había desarrollado dos poderosas raíces gemelas a modo de columnas. El empujón definitivo vino cuando unos seres absurdos equipados con hachas trocearon al viejo pyrenaica y se lo llevaron en una carretilla.

Fué entonces cuando tomó toda el agua que pudo retener y así, a lo largo de todo un día fué desarraigando lentamente primero una raíz y luego la otra mientras el robusto Robur y el orgulloso Castanea le gritaban, agitando las ramas en alto, que estaba loco. Una vez libre se sacudió la tierra y corrió hacia poniente.
En los mentideros del pueblo todos tomaban al granjero Egidio por loco. Por mucho que insistiera nadie podía creer lo que contaba. Todos coincidían en que tenía la cabeza rellena de serrín. El profesor Ronald le dijo, tras oír la misma historia por séptima vez: “No se si crees que me he caido de un guindo o eres tu el que se ha caído de ese guindo del que tanto hablas”.

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