Varas de Sauce Capítulo 1. La cuerda.

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Hace tiempo decidí que La Vara de Serbal no iba a tener continuación directa, si bien he dejado algún personaje con un pié puesto en su siguiente etapa. Pero sin embargo eso es otra historia y será contada en otra ocasión.

Sin embargo me picó el gusanillo de usar el sólido escenario de Tamyria, antes conocida como La Mazmorra, para escribir algo distinto, con los hijos de los protagonistas, unos años más tarde, como centro de otras historias de un corte infantil-juvenil a la vez que amplío su mundo.

 

1.La cuerda

Ronna se escapa para  pasar la tarde en el arroyo y combatir el calor. Descubren que no están solos

 

Ronna apartó de un manotazo a la insistente mosca y con cuidado cerró la puerta para no despertar a sus madres, solo faltaba que la pillaran estando castigada. Hacía muchísimo calor y las chicharras zumbaban incansables entre los árboles. Atravesó el huerto, pasó junto al cercado de las gallinas, donde estas cloqueaban y revoloteaban y desde allí, llegó al camino que la llevaría a la represa del arroyo. Confiaba encontrar allí a sus amigos y a su hermano, jugando en el agua. Necesitaba refrescarse con urgencia.

Y allí estaban. Su hermano Dan, de piel y cabellos oscuros, encaramado a la horquilla que formaban dos ramas de un árbol de la orilla. Entre sus manos tenía una cuerda, que colgaba desde las alturas. Luca y su hermano Set estaban expectantes. Dan se dió impulso con un salto y un grito, atravesó la charca por completo y se soltó cuando se encontraba en el medio. La zambullida los empapó a todos.

Ronna, Luca y Dan tenían la misma edad. Los tres habían nacido el mismo día y bajo el mismo techo, el mismo otoño de hacía diez años. Set a cambio solo tenía ocho años y aullaba “¡Ahora yo! ¡Ahora yo!” porque quería ser el siguiente en lanzarse

–De eso nada –decía Luca–. Me toca a mi, que soy la mayor.

Luca se parecía mucho a su madre, con el pelo castaño, liso y los ojos verdes. Subió ágilmente hasta la horquilla, y sin vacilar, saltó al vacío. Su vuelo no fué tan espectacular como el de Dan, pero el salpicón fué aún mayor, así como las risas que lo sucedieron.

–Hola Ronna –dijo saliendo del agua–. ¿No estabas castigada?

–Me escapé –dijo sencillamente. No le apetecía hablar de ello

–¿Y qué hiciste?

Ronna suspiró. Luca no cesaría hasta saberlo.

–Pregunté qué es una recovera y se pusieron furiosas.

–¿Y por qué no se lo preguntaste al Maestro Naaven?

–Lo hice y me dijo que era una mujer que recogía huevos, pero me dió la impresión de que se lo estaba inventando.

–¿Entonces a qué viene el castigo?

Ronna volvió a suspirar. Le cabreaba porque no lo entendía, de lo contrario no se hubiera escapado.

–Verás, mis mamás recogen los huevos de las gallinas todas las mañanas y pregunté si era por eso que las llaman recoveras –había oído la palabra unos días atrás, de boca de unas personas que nunca había visto por el valle y que no volvieron a aparecer.

–¿Solo por eso?

–Si, ni siquiera me lo han querido explicar, no lo entiendo. Me han mandado al altillo y me han prohibido salir en toda la tarde –se quedó pensativa jugueteando con un mechón de su cabello negro y rizado, recordando el ambiente asfixiante del altillo donde tenían, ella y su hermano las camas–. Pero allí hacía demasiado calor. He esperado a que se quedaran dormidas después de la comida y me he escapado sin que se dieran cuenta..

–¿Te bañas? –dijo Luca levantándose del tronco donde se había sentado.

–Vale, ahora voy –dijo ésta quitándose con cuidado la ropa. Hasta el año pasado ninguno había tenido problemas en bañarse desnudo, pero ahora Ronna, Luca y Dan se sentían más cómodos en ropa interior. Menos el pequeño Set que aún no tenía vergüenza. Vió como éste se encaramaba torpemente a la horquilla del árbol y aún necesitó ayuda de los demás para alcanzar la cuerda. Parecía bastante menos confiado que a nivel del suelo, pero aún así logró reunir el valor necesario para lanzarse.

No llegó muy lejos, la cuerda escapó de entre sus dedos y cayó en plancha sobre el agua. Salió de ésta llorando y con el pecho enrojecido y hubo que consolarlo. Luego su hermana le prohibió volver a lanzarse y hubo que volver a consolarlo. Al final, para que dejara de llorar, le prometieron que ninguno de los mayores se tiraría de nuevo, para que no sintiera envidia.

Y entonces se dieron cuenta de que no estaban solos.

 

Un muchacho andrajoso los miraba, escondiéndose entre los arbustos. Era quizá un poco más pequeño que Dan, Luca y Ronna pero sin duda mayor que Set. Sus ojos eran tímidos y risueños, tenía la mirada de un cachorrito.

 

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