El colmenero de West Hopembrock

moutainsofmadness

Relato lovecraftiano

Llovía. Las gotas colmaban el cristal y los limpiaparabrisas la barrían como podían. El teléfono sonaba insistentemente desde el asiento del pasajero. Apretó los dientes dispuesto a ignorarlo. No volvería a cometer el error de descolgar.

La carretera estaba desierta y los faros del jeep apenas lograban atravesar la tormenta. Los árboles del bosque parecían inclinarse hacia el asfalto, asfixiándolo. Quizá por eso no vio el camión hasta el último segundo. Se precipitó de frente y sin luces invadiendo ambos carriles. Dio un volantazo. El coche giró sobre si mismo varias veces y atravesó la cuneta para acabar deteniéndose contra un macizo de zarzas.

El móvil volvió a sonar y eso le despertó. Sentía un fuerte golpe en la coronilla. Los limpiaparabrisas seguían funcionando. La radio, que hacía horas que no sintonizaba nada, retransmitía una especie de misa. La lona se había rasgado y toda el agua que caía sobre el techo, se derramaba en una cascada sobre la guantera. Desde algún punto del habitáculo el teléfono insistía en llamar la atención.

Descolgó y escuchó.

–¡Hey capullo! –dijo una voz burlona que helaba la sangre–. Regresa, no seas imbécil, que sabes que no vas a llegar muy lejos, ja ja ja ja. ¿Es que no te gustan los camiones?

–No voy a regresar allí –dijo con una frialdad algo sobreactuada.

–Malas noticias saco de arena. “Allí” es todo lo que hay.

Colgó. A punto estuvo de lanzar el teléfono lejos pero se lo pensó mejor.

La capota desgarrada era un problema pero no algo grave.  Había perdido el retrovisor derecho y seguramente los aletines. El motor arrancó tras un par de intentos y tras insertar las marchas cortas procedió a retroceder hasta que las ruedas patinaron en el barro. Había zarzas enganchadas al parachoques. Las ruedas escarbaron lanzando barro en todas direcciones hasta que llegaron a la masa de raíces y con un bramido del poderoso seis cilindros quedó libre. Maniobró con cuidado y al ir a incorporarse a la carretera dudó. ¿Había salido por un lado o por el otro? ¿Se marcharía lejos o volvería de nuevo a ese pueblo de locos?

Bajó del coche para tratar de deducirlo, cuando vio algo que colgaba del eje delantero. Era viscoso y su superficie estaba acribillada de huecos de todos los tamaños, en cuyo interior parecía desarrollarse algún tipo de larva gris. Un extremo, roto, supuraba algo amarillo y limoso. El otro se perdía entre la estabilizadora y la barra de dirección y creyó ver un pulgar colgando, como si fuera el espolón de un mastín, de lo que fuera que fuese aquello.

El terror lo paralizó pero al ver que no se movía saltó al coche y maniobró de forma que la propia rueda lo arrancara, no pensaba tocarlo y mucho menos arrastrarlo. Tras conseguirlo tenía aún menos idea de cuál era la dirección a seguir. Quería alejarse de aquello y en aquel momento cualquier dirección que lo alejara le parecía bien.

Cerca de una hora de viaje después conducía mucho más relajado. no se había equivocado. El monótono paisaje del bosque interminable ya le era hasta familiar. Conducía sin capota y apenas se mojaba, disfrutando del ronroneo del motor y el zumbido de los neumáticos sobre el asfalto. Un buen rato más tarde vio luces y paró en la gasolinera.

Antes de que pudiera bajar, el teléfono volvió a sonar y todo regresó de golpe. Descolgó con una fuerte presión el el pecho.

–Bienvenido de vuelta, capullo –dijo una voz doble. Su interlocutor, junto a la ventanilla cerró el teléfono con su única mano. Tenía un brazo arrancado y de la herida supuraba algo amarillo y limoso.

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