El hombre sin sombrero.

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Da voz a los recuerdos y ofrece una solución en forma de historia para un personaje que pierde la memoria cada día.

El hombre despertó. Era una sala blanca, a su lado había un anciano con la mirada perdida que babeaba sin remedio. ¿Como he llegado aquí? Se preguntó vagamente. Llegó un enfermero alto y pelirrojo y se dispuso a atenderlo, le limpió la boca y lo subió a una silla de ruedas.

–Ahora le toca a usted, John –dijo mirándolo.

–¿Le conozco de algo?

–Por supuesto, John, –dijo con su honesta mirada–. le atiendo todos los días. Parece que está hoy usted muy despierto.

Lo que sentía el hombre al que llamaban John era confusión y cierta alarma. ¿Por qué pensaba en hortalizas cuando lo miraba?

–Dígame, ¿Que hago aquí?

Luego su mente desconectó, sin darle oportunidad de saborear la respuesta.

Había un hombre babeante a su lado, observando la televisión. “¡Como he estado haciendo yo todo el rato!” –comprendió ligeramente alarmado al notar la humedad de su barba. Estaba sentado en una silla de ruedas y vestido con una especie de pijama. ¿Estaba en el hospital? ¿Qué había pasado?

–Perdone –dijo a un hombre alto y pelirrojo vestido con un pijama blanco con intención de preguntarle. Le resultaba muy familiar, tanto que olvidó la pregunta original–. ¿Eres policía? –acabó diciendo, no supo muy bien por qué.

–¡Que chispa tiene! Soy su asistente, John. Venga por aquí, es la hora de comer.

–¿Qué hay para comer?

–Puré de zanahorias.

–Za… zanahorias…?

¡Su sombrero! Había perdido el sombrero.  Intentó levantarse de la silla, solo para darse cuenta de que no era capaz. Era una silla de ruedas. Intentó avanzar pero las manos no le respondían. “¡Así cómo voy a acabar ése artículo!” –pensó por alguna razón. Sin embargo algo captó su atención. Un individuo bajito, calvo y de ojos rasgados pasaba la mopa por la sala, envuelto en una bata naranja de cuyos bolsillos asomaban trapos y un frasco de limpiacristales. Apoyó un momento el mango en la pared y comenzó a liarse un cigarrillo.

–¡Oiga! Creo que usted sabe por qué estoy aquí.

–¡Claro! porque está gagá. Y deje de molestar, tengo mucho trabajo.

El hombre de la bata acabó de liarselo, recogió la mopa y se alejó. ¿Por qué razón había creído que podía ayudarlo?

Despertó en mitad de la noche. Junto a la cama donde estaba tendido, sentado en una silla, había un hombre pensativo fumando un puro.

–¿Quién es usted? ¿Que hago yo aquí? –preguntó alarmado.

El hombre dio una nueva calada a su puro  y respondió con parsimonia sin llegar a mirarlo:

–Quizá pudiera ayudarlo, si hiciera esas preguntas al revés.

–¿Quien soy yo y qué hace usted aquí? –dijo dubitativo.

–Exacto. Y empezaré por decir qué hago yo aquí: Soy una creación de su mente, usted mismo me imaginó para que cuidara de usted, para que lo vigilara aunque en ese momento ni usted mismo se diera cuenta. No fue usted lo suficientemente valiente para seguir al encapuchado cuando tuvo la oportunidad y ahora ya es demasiado tarde. Usted, John, ya no es nadie y lamento decirle que yo tampoco voy a poder serle de ayuda, salvo en los cada vez más escasos momentos en los que usted sigue siendo un poco usted. Solo puedo pedirle que renuncie a todo intento de comprensión, que se relaje y deje a su vieja amiga acercarse.

–Pero… ¿Cual es su nombre? –el dato parecía ser importante por alguna razón.

El hombre dio una nueva calada a su puro antes de responder:

–Puede llamarme Sam.

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