El invierno de Sangre

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Este es el relato que presenté para el concurso que organizó Lord Alce, cuyo premio era una copia en papel de su novela “La sombra dorada”

(https://lordalceblog.wordpress.com/2017/04/26/resultado-concurso-la-sombra-dorada/)

La puerta se abre con dificultad. Viento y hielo mezclados entran en la caldeada estancia junto a Lupo. Cubierto de capas de pieles y escarcha, con sus casi dos metros de estatura, tapa el vano de la puerta quizá con más eficacia que los maltrechos tablones cubiertos de paja que forman la puerta. Trae la cena, tres nabos mas bien escuálidos y una cebolla congelada que, al agarrar el pellejo de vino, resbala y cae al suelo con la rotundidad de un canto rodado. No nos podemos quejar. Después de casi tres años de invierno es lo único que queda. El río, permanentemente congelado apenas permite alguna captura miserable y eso solo tras haber horadado el manto de hielo a pico y hacha para, minutos después, volver a cerrarse sin dejar rastro. La caza es inexistente y desde que se acabó la reserva de grano ni siquiera hay ratas que mitiguen nuestra más salvaje hambre.

–¿Hay noticias de fuera?

Lupo deja el pellejo de vino, caliente y especiado sobre la mesa y se limpia la helada barba con la manaza.  

–Nada. Somos los únicos en tramos y tramos a la redonda. Hoy avancé hasta la granja de los Attuk. Está vacía. No han dejado nada.

–¿La casa al menos sigue en pie?

–Si, eso si.

Aquello suponía una buena cantidad de madera utilizable en la chimenea, “solo” había que mantener un paso abierto entre las decenas de palmos de nieve acumulada, lo cual no era palabra de trapero precisamente.

Cuando el ávaro Jeroskes, el anciano Iluano que cuidaba el rebaño, murió congelado por escatimar la leña, decidimos mudarnos a su choza pastoril de piedra y escoba. No necesitábamos más espacio y costaba veinte veces menos leña mantenerla caldeada, aunque para el anciano incluso eso hubiera sido mucho. La gran casa solariega, que tantos años había estado repleta, había quedado vacía  y ahora se hallaba medio desmantelada. Lo primero en arder había sido el mobiliario, barandillas, mamparos y tabiques. Ahora yo desmontaba la tarima del segundo piso mientras Lupo cavaba en la nieve, buscando los nabos y coles que hubieran podido quedar enterrados en la tierra congelada.

Tres años atrás, en lo que debería haber sido un cálido verano, el invierno llegó de golpe, echando a perder la cosecha más importante del año. Nuestros propios cachorros, los labriegos, tejedoras, herreros y demás servicio, con familia e hijos, marcharon hacia el sur. Hoy solo puedo rezar asiduamente a la Dualidad por ellos y recordar a los antiguos dioses para que nos den calor y fuerzas para aguantar un día más, que en ocasiones no se distingue de la noche más cerrada.

Lupo, tras despojarse de las pieles queda desnudo frente al fuego. su cuerpo es musculoso y velludo, salvo por unas salvajes cicatrices en la espalda, fruto de alguna pelea de juventud.

–Hay días que, ahí fuera me entran ganas de arrojar la pala, cambiar y correr. Correr siempre hacia abajo, sin que la nieve sea más obstáculo que un montón de hojas.

–Amor. Sabes que apenas podemos conseguir algunas verduras congeladas. Ya no hay carne. Quizá ni gusanos podamos encontrar. Solo algunas aves carroñeras sobreviven.

–Lo se. Pero si sigo así  tampoco podré vivir mucho. Siento que se me apaga el fuego poco a poco –dice mientras el vello de las pantorrillas se le socarra al acercarse al hogar–. Las verduras nos permiten sobrevivir pero a cambio matan lentamente nuestra naturaleza. Nuestra verdadera naturaleza –suspira apesadumbrado–. Si no hago algo me debilitaré cada día más hasta que me sea imposible tener las energías necesarias para cambiar, entonces ya estaré muerto, aunque mi cuerpo tarde un poco más.

Asiento lentamente. Llevo días pensando lo mismo y lo hubiera expresado casi con las mismas palabras. Siempre habíamos sentido esa conexión entre los dos desde aquel día que coincidimos en el claro, nos miramos a los ojos y supimos que éramos iguales. Aquel día de verano hicimos el amor dos veces. una con cada naturaleza y desde entonces permanecimos juntos.

Y como aquella vez, tampoco tengo que decir nada para que sepa que yo también estoy dispuesta.

Cae al suelo  y comienza a retorcerse. Su espeso vello negro se vuelve liso y tupido, sus pies se alargan, su cabeza se afila y una cola brota del final de su espalda. Asimismo yo comienzo la transformación. Miles de finas agujas me atraviesan la piel, noto como los huesos se mueven y los músculos adoptan nuevas formas. Aúllo cuando unos poderosos colmillos atraviesan mis encías y gimo cuando mis generosos pechos se alargan y dividien para transformarse en las mamas de una loba.

Lupo ya está fuera cuando me recupero de la transformación. Me enfrento al frío y lo veo frente a la casa. El enorme lobo negro del que me enamoré treinta años atrás.

Corrimos valle abajo. Saltamos sobre los ventisqueros que el viento acumuló, atravesamos el arroyo congelado y rápidamente entramos en calor. Sabíamos que si no encontrásemos una presa moriríamos en muy poco tiempo, pero nos daba igual. En ese momento éramos felices.

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5 comentarios en “El invierno de Sangre

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