El Wyrm

Orodruin111

Muy adentro del Bahel, más allá de la meseta de Yogsuggah, discurre el Riff, un barranco inmenso, un corte en el terreno que parte en dos el desierto de este a oeste durante cientos o miles de leguas.  Los Bhêleg, los nómadas que habitan esas áridas tierras, jamás han atravesado esa línea, pues conocen muy bien lo que hay más allá. Sus tradiciones, transmitidas de generación en generación dicen que el Hechicero levantó esa barrera para proteger su reino. Dicen que desde un lugar determinado del barranco, si el día está claro, lo cual en el desierto es un regalo poco habitual, se puede ver el Wyrm allá en la distancia. Una ominosa torre construida de piedra y llama. Pocos han tenido la desgracia de contemplarla en todo su esplendor. De esos pocos, pocos han podido contar lo que vieron, y solo un puñado de ellos, acosados por horrendas pesadillas, han querido hacerlo.

Lo poco que se sabe versa sobre un edificio ominoso, irreal, etéreo, pero al mismo tiempo pétreo y de una solidez tan oscura que la luz rara vez logra escapar de sus muros. Sus ventanas, alargadas y estrechas como heridas sangrantes, emanan furia roja. Una mole cuyos cimientos se anclan en el mismo lecho del desierto, y cuya parte visible no es más que una ínfima porción de toda la fortaleza. Su cima alcanzaría las nubes si estas lograran reunir el valor necesario para acercarse.  En su cúspide, en un caldero pantagruélico, el Hechicero cocina los males que vuelca al mundo a través de las nubes de humo que vomita a la noche perpetua, cubierto el cielo de una impenetrable y malsana oscuridad.

Dicen que en sus sótanos se forjan un imposible ejército de demonios, gules, deargs y gorgonas, a la espera de la señal final, acantonados, preparados para una guerra que acabará con el mundo.

 

Todo eso es lo que cuentan los Bhêleg, naturalmente. Ellos nunca cruzan el Riff, lo cual no quita para que otra gente si lo haga. Los nómadas conservan tradiciones que datan de los tiempos del imperio medio y aunque no pertenecieron a él, son de los pocos que recuerdan la historia perdida.

Algunos historiadores han negado que el Hechicero realmente existiera. Cuentan que no era más que una excusa, una creación de los gobernantes malhabdhares para justificar medidas necesarias para mantener en el poder a una estructura corrupta y clientelar, un espantapájaros que exhibir ante el populacho, un enemigo al que atribuir los males que provocaron los propios hechiceros malhabdhares al explorar los límites de lo posible, las malas cosechas y los desastres naturales.

El hechicero surgió poco después de que el imperio comenzara a considerarse a sí mismo como tal, es decir, cuando los avances taumatúrgicos dibujaron nuevos horizontes, con nuevos retos y límites. Quizá por eso la religión fue testimonial durante ese periodo. Debe resultar muy difícil creer en dioses cuando el enemigo es poco más que uno de ellos y acecha en cada uno de los aspectos de la convivencia diaria. No queda espacio para la religión.

 

Yo estuve allí, tenía que averiguar cuánto había de verdad sobre la figura del Hechicero, ése legendario ser que marcó el destino del imperio medio durante los más de setecientos años que duró, y cuya caída coincidió con el cataclismo que sepultó bajo las aguas aquella antigua civilización. ¿Fue una derrota conjunta o quizá algo diferente?

Cuando llegué al Riff, algo se hizo evidente. Para provocar esa falla se necesitaba un poder similar al que acabó con el Imperio Medio. Como muralla desde luego es formidable, pero no tiene sentido disipar tal cantidad de poder solo para la defensa. Es como construir un armario para guardar un broche. Algo así parece decir que tus debilidades son más grandes que tus enemigos.

Día y medio de nada más que rocas y desolación después, topé con un volcán extinto. Una imponente mole vertical de basalto. Un edificio natural, una torre de lava negra y fría. No había nada que indicara que hubiera sido nunca algo más que un accidente del terreno.

Una extraña decepción se mezcló con la euforia de descubrir que tenía razón. Exploré los alrededores y recogí algunas muestras para analizarlas más tarde, antes de emprender el viaje de vuelta. Allí nunca había habido nada que se saliera de lo que la ciencia pudiera explicar.

Solo días más tarde comprendí que, en ciertos aspectos, estaba muy equivocado.

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