Varas de sauce Capítulo 3: Visitantes

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Cap1: https://seescribencosas.wordpress.com/2016/08/25/varas-de-sauce/

Cap2: https://seescribencosas.wordpress.com/2016/08/27/un-muchacho-llamado-lobo/

3.Visitantes

 Unos extraños ocupan su charca y conocen al padre de Lobo.

 

Al día siguiente el chico no volvió a aparecer y Dan se preguntaba si volvería a hacerlo.

Pasaban la tarde en la charca atentos por si se acercaba, así que apenas se bañaron. Era una bochornosa tarde de la luna de fresno y el frescor de la luna de Roble no tardaría en hacerse notar Ronna contó por qué al final no la castigaron.

–Dijeron que tenían que habérmelo explicado desde un principio. Recovera es lo que llama alguna gente a las chicas a las que les gustan otras chicas, pero lo dicen para hacer daño y por eso no debo decirlo.

–Claro, ¿Que ibas a saber tú? –dijo Luca indignada.

–Eso acabaron admitiendo ellas…

–Calla, he oído a alguien –dijo Luca.

–¿Es Lobo? –dijo Dan irguiéndose. Quería saber de dónde venía ese extraño muchacho.

–¡Cállate! –dijo Ronna.

 

Unos adolescentes nervudos y granujientos bajaban por el camino empujándose y riendo. No eran de los alrededores e iban equipados como para una marcha. Eran cinco en total. A dan no le gustaba en absoluto su aspecto.

–Creo que vienen del otro lado de la montaña, de la Aldea de los Liberados –le susurró su hermana.

–Antes se llamaban proscritos –dijo la puntillista  Luca.

–Nunca se han llamado proscritos –dijo Dan un poco molesto–, así les llamaban antes de hacer las paces. Mamá aún tiene que volver de vez en cuando por allí para arreglar las cosas.

–¡Eh, chavalines! ¿Está buena el agua? –dijo el que parecía el líder, un muchacho grueso y pelirrojo. sus ojillos lo miraban de forma peligrosa.

–No baja tan fría como antes –dijo Ronna inquieta.

–¡Anda, que tenemos aquí! –dijo mirándola de un modo que a Dan no le gustó nada–. Lástima que no tengas un par de veranos más. ¡Ahora fuera!

Dan, furioso, estalló.

–¡Nosotros estábamos antes!

 

–Y nosotros estamos ahora –dijo burlón. Luego prosiguió en un tono amenazante–: Nos vamos a bañar os guste o no. Aviso, no usamos bañador. ¿Verdad chicos?

Dan había sugerido ir al otro lugar que tenían para reunirse, las inmediaciones de un viejo túmulo con la piedra vertical de su cúspide caída. A pesar de que la puerta estaba derribada, no se habían atrevido aún a entrar en el, pues se decía que los protegían antiguos hechizos. Una vez Set lo retó a entrar y sencillamente no pudo hacerlo. Set se tiró media luna de serbal riéndose de él por aquello.

Ronna aún caminaba nerviosa de un lado a otro. El paseo había calmado un poco su ira pero no su vergüenza. Eso que le había dicho el pelirrojo era muy feo. A Dan le daba la sensación de que tenía que haber hecho algo.

–Lo peor es que te dén a elegir y que en realidad no sea una elección –parloteaba–. ¿Cómo no íbamos a irnos? … uno incluso ha empezado a… Puaj. Se han cargado la tarde.

–No vendrán hacia aquí, ¿Verdad? –dijo Luca aún aterrorizada.

–No lo sé –dijo Dan, quien apenas les estaba prestando atención–, pero alguien se acerca.

–¿Son ellos? –dijo Ronna.

–No, solo es uno… –comenzó diciendo– Y vienen en la otra dirección. ¡No, dos, son dos! Un adulto y un niño creo… –Las figuras salieron definitivamente de la espesura–. ¡Lobo!

–¡Es Lobo! –exclamó Set–. ¡Viene con su padre!

Adulto y niño se acercaron y a Dan le pareció que el adulto no lo era desde hacía demasiado. Se dirigió directamente hacia Luca y Set y habló con una voz extraña, como si no estuviera muy seguro de cómo tienen que sonar las letras, Le recordó a como hablaba Alastor el sordo.

–Nela y Greg. ¿Conocéis?

–Son nuestros padres –dijo Luca. Lobo miraba al adulto con gesto suplicante.

–¿Donde?

–No está lejos, podemos llevaros –dijo Dan, contento de que por una vez unos extraños aparecidos de improviso, no preguntaran por su madre.

–… ¿Vamos?

Por supuesto todo el grupo los acompañó, tanto por instinto de protección como por curiosidad. Dan sospe- chaba que también los demás, habían atado cabos de las historias oídas en casa, y creyó saber quién era aquel extraño hombre. Bajaron hasta el arroyo y siguieron el sendero aguas arriba hasta el enorme aliso.

Inclinado hacia la corriente y sujeto con puntales, la casa de barro de Luca y Set reposaba sobre él, en lo que, si el tronco fuera un brazo, la casa sería una pelota en la mano, con las ramas haciendo de dedos. Al lado tenían un cobertizo y una letrina, y tras ellas, un pequeño huerto. No hubo necesidad de llamar. El padre de Luca y Set, Greg, salió de detrás del cobertizo a recibir con un abrazo a Dirk, que recordó, así se llamaba el extraño.

–Fuimos Lobos juntos una pequeña temporada –dijo Greg–, y luego… Se ocupó de que todo siguiera funcionando. No sabía que tenía un hijo, pero claro… Hace ya casi diez años… ¡No, más incluso!

Dirk parecía nervioso, se retorcía las manos.

–Hablar podemos… No quiero que otros oigan.

–Claro, pasaremos adentro. ¿Como se llama tu hijo? Puede quedarse con los muchachos.

–¡Lobo, se llama Lobo! –dijo Set gritando, como siempre.

–Vaya, veo que ya os conocéis. Es un buen nombre –dijo dirigiéndose al padre del muchacho.

Dirk se encogió de hombros.

–¿En serio que puede quedarse Lobo jugando con nosotros? –preguntó Luca. Tras unos instantes Dirk asintió.

–Podeis llevarlo a la represa y refrescaros un rato.

–No podemos, han venido unos chavales del poblado de los Liberados y nos han quitado el sitio –dijo Ronna.

Greg se mostró pensativo antes de añadir;

–Si, será mejor que no los molestéis. ¡Ya se! ¡Podeis enseñarle la cabaña que Set ha estado construyendo! Seguro que le gusta.

Dirk y Greg pasaron al interior de la casa y cerraron la puerta. Set agarró la manga de Lobo:

–¡Ven! Verás la cabaña –dijo Set histérico–.  Llevamos Dan y yo todo el verano trabajando en ella. ¡Es genial!

No parecía haber nada mejor que hacer, así que los acompañaron. La cabaña estaba ladera arriba, construida con palos y barro en el hueco entre dos grandes rocas. Lo primero que hizo Set fue enseñarle el compartimento secreto, compartimento que a estas alturas de secreto tenía  poco, ya que era lo primero que le enseñaba a todo el mundo. Allí guardaba algunas conchas de colores, piedras con agujeros y formas raras, y algunas plumas vistosas. Set comentaba a Lobo las optimistas reformas que pensaba hacer, la cuales incluían una piscina, una terraza y un pasadizo secreto. Fue entonces cuando Luca los chistó. Era de agradecer que siempre hubiera alguien alerta.

–Son los Liberados –dijo Dan observando el lugar donde Luca señalaba. No le apetecía que descubrieran la cabaña pero sí averiguar qué tramaban–. Parece que se han cansado del baño… ¡Será mejor que nos escondamos,, vienen hacia aquí!

Pronto vieron que la “cabaña” era demasiado pequeña para los cinco, pero que al menos si estaba bien oculta. Los adolescentes subían por la ladera en dirección al Tejo Coronado. El pelirrojo, que parecía el líder, conducía la expedición sin vacilar ¿A donde irían?

–¿Y si los seguimos? –aventuró Dan.

–No me apetece que nos descubran –dijo su hermana.

–Tonterías –respondió–. No iremos detrás de ellos, seguiremos sus huellas. Quiero saber qué hacen esos en nuestro territorio.

–¿Cuando has aprendido a seguir rastros? –dijo su hermana burlona.

–¡Lobo sabe! –dijo Set. Lobo bajó la cabeza–. ¡Me lo acaba de decir!

–¿Entonces sabe hablar? –dijo Luca.

–¡Claro que sabe hablar! –dijo Set enfadado. El muchacho no abría la boca–. ¡Venga, enséñales lo que sabes hacer!

Lobo saltó entre las rocas hacia el lugar por donde habían pasado. Todos los siguieron a pesar de sus reticencias Enseguida señaló algunas ramas dobladas y lugares donde la hojarasca había sido levantada o removida. En ocasiones olfateaba el aire. No vacilaba y seguía el rastro sin titubeos, tan rápido que llegaron a temer que alcanzarían a los expedicionarios. Era como si viese exáctamente por donde habían pasado. De vez en cuando señalaba una hoja doblada o una huella casi invisible entre la maleza, que había pasado desapercibida para cualquiera de los demás niños.

El rastro llegó hasta el tejo coronado, un inmenso árbol retorcido y hueco, con cinco grandes troncos que se elevaban entre las hojas, desnudos y blanqueados por el sol. Cerca de su base Lobo encontró algo más que huellas.  Dan la sopesó. Era una esfera casi perfecta y pulida de piedra o cristal, de color negro.

–Para añadirlo al tesoro –dijo Set arrancandoselo de las manos. Éste suspiró. Ya le echaría vistazo más detenidamente luego, en cuanto se aburriera de él. Pro- bablemente eso ocurriera antes de la cena.

Lobo perdió el rastro a los pies de los farallones rocosos que coronaban la montaña. Allí apenas había vegetación y no se veía ni rastro de los jóvenes. En ese suelo, de piedra desnuda, no era fácil encontrar ningún rastro.

Estaban pensando en volver cuando Dan vio algo y los chistó. Señaló con el dedo a las alturas. Los chavales deambulaban por la cima de los farallones.

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