Escaramuza

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Me gusta escribir a mano las escenas de acción (todo, en realidad, pero especialmente estas), porque siempre queda todo mucho más fluido y natural que si lo hiciera a teclado. Por supuesto, me emociono, la acción se adelanta a la escritura y la transcripción antes de que se me olvide es obligatoria si no quiero tener un montón de garabatos ininteligibles. 

Esto es solamente una escena de las que escribo para “desengrasar” . Una escena que seguramente, tras acabarla, no volverás a leer con los mismos ojos.

Huyó a través del bosque. Ellos seguían sus huellas. Saltó un antiguo muro y esquivó unas ruinas. Corrió entre los árboles del fondo del prado y tropezó con algo, rodó y se estrelló contra un manzano. Consiguió que ambos ojos miraran el la misma dirección y vio con qué había tropezado. Un puñetero asta de ciervo.

No los había despistado. Aún le seguían el rastro y ni siquiera tenía un arma.

Sus ojos volvieron a enfocarse en el asta.

–¡Ahí está!

Agarró el asta y contempló sus puntas pulidas. Buscó un buen agarre y lo encontró. Sonrió, pero no por  mucho tiempo.

El primero de ellos llegó y lanzó un tajo, desviado por el hueso de asta. El segundo fue desviado y el tercero no llegó. Le lanzó una estocada a la cara. Una de las puntas le arrancó un ojo, la otra le abrió un agujero en la mejilla. Apenas tuvo tiempo de percatarse de ello pues un segundo atacante llegó desde la izquierda y las puntas solo arañaron su cara. El golpe de espada llegó de lado y notó un agudo dolor y la sangre correr. El atacante contraatacó con una ráfaga de espadazos que logró parar de milagro, interponiendo el asta. Varias de las puntas se quebraron y saltaron por los aires astilladas. Retrocedió sin remedio antes tal avalancha de golpes y topó contra un árbol. El asta paró un golpe más y el acero se quebró. Fue solo un segundo. Las puntas rotas, pero astilladas y afiladas se clavaron en el rostro del otro atacante que cayó al suelo retorciéndose de dolor. Solo quedaba una punta intacta en el extremo de la cornamenta y sin pensarlo se la clavó en el torso del atacante, que dejó de moverse.

El silencio, mucho más denso que de costumbre, invadió el bosque. No parecía que hubiera más atacantes. Arrojó el asta destrozada y cubierta de sangre al suelo y vomitó.

Buscó al otro atacante. Yacía boca arriba entre dos árboles y sangraba por la mejilla y la cuenca vacía del ojo. El ojo colgaba a un lado, los párpados cerrados en torno al nervio. Registró sus bolsillos pero no encontró nada útil. Sopesó su espada. Era muy pesada pero siempre sería mejor que nada.

Los sonidos habituales volvieron poco a poco al bosque. Los pájaros prosiguieron con su habitual cháchara.

No estaba muerto. Aún respiraba, solo estaba inconsciente. Empuñó la espada y colocó la punta sobre su corazón. Solo había que hundirla en el pecho.

Solo había que hundirla con fuerza entre las costillas, como había hecho unos instantes antes con el asta y el otro atacante.

Recordó cómo había atravesado piel, músculo y vísceras. La resistencia que había ofrecido. Más de la que esperaba, menos de lo que hubiera deseado. La punta de la espada estaba mucho más afilada que el cuerno del ciervo, debería ser mucho más fácil.

No lo era. Sintió náuseas de nuevo. Se le llenaba la bota de sangre.

Arrancó una tira de tela de la capa del hombre y se vendó la herida como pudo. No era profunda pero si larga. No podía tratarla mejor hasta que no llegara a un lugar seguro.

Un gemido lastimero se oyó en el bosque. El doliente se llevó una mano al dolorido rostro y tocó algo que no debería estar ahí. Era blando, viscoso y esférico. Cuando cayó en la cuenta de qué era, volvió a desmayarse.

Despertó, pero ya era demasiado tarde. Dos lobos se disputaban su pierna izquierda y un tercero sacudía y tironeaba de su brazo derecho. A cada mordedura notaba los huesos de su mano crujir y romperse.

Nadie le oyó, la chica a la que perseguía estaba ya muy lejos.

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