El anillo de los Salazar. Capítulo 1

elanillodelossalazar

El primer capítulo de mi próxima novela, de la que pronto acabaré el primer borrador.

1.El Olvidadero. 

 

Salazar avanzó por el pasillo. A ambos lados, las celdas contenían guiñapos humanos; seres enflaquecidos, barbudos, sucios y enfermos.

“Solo habéis empezado a expiar vuestros pecados” –pensó.

El carcelero le señaló una celda. Dentro dormitaba un hombre encorvado pero alto, de enmarañada barba negra, los ojos hundidos y la piel estirada sobre el cráneo.

–¿Es él?

–Lo es.

–Parece muy débil. ¿Será capaz de sostener una espada?

–Está debilitado, sin duda, pero se recuperará en cuanto salga de aquí. No se le puede pedir a un hombre que se mantenga en forma después de tanto tiempo aquí dentro.

–Está bien. Que lo vistan, aseen y afeiten. Y que me lo envíen al Concejo esta noche.

–La verdad no quiero cuestionar sus modos pero… –se detuvo ante la expresión del religioso–

–Continua. Por favor –ese “Por favor” tenía garras, tenía cuchillos y sabía cómo usarlos. Algo decía al carcelero que negarse a contestar o mentir sería mucho peor que confesar lo que había estado a punto de contar.

–Es que no acabo de comprender, por supuesto sin juzgarlo, el por qué habiendo tantas espadas juramentadas de intachable reputación, busca a su guardaespaldas en el Olvidadero. Aquí no hay más que criminales y …

–”Quien se muestra inmaculado a la fuerza debe esconder vileza y corrupción, pues la perfección sin mácula es dominio exclusivo de Dios. Así como el arrepentimiento verdadero es reino de quien ha perdido toda esperanza y la lealtad auténtica corresponde al retribuidor de dicha esperanza” –citó.

El carcelero bajó la mirada.

–¿Piensas abrir? –dijo Salazar con un deje de impaciencia. Se oyó un tintineo metálico.

–Por supuesto, señor –dijo el sobresaltado carcelero recogiendo el manojo del suelo y buscando la llave con dedos temblorosos.

En los últimos cien años esas rejas solamente se habían abierto para sacar los cadáveres de los reclusos o para emparedar a algún otro desgraciado, generalmente sin transición.

La llave encajó con dificultad y tras unos cuantos intentos consiguió girar. El chasquido despertó al hombre que, asustado, se irguió. Se golpeó la cabeza contra el techo y cayó encogido en un rincón, temblando de miedo.

El chirrido de la oxidada puerta despertó de su letargo a muchos de los cautivos, algunos se asomaban entre los barrotes para intentar ver de quién era el cadáver que salía. Para sorpresa de Byomides, el antiguo pirata, que ocupaba la celda opuesta, éste salió trastabillante, sujeto entre dos de los guardias. ¡Era posible salir con vida del Olvidadero!

El rumor de la idea no pronunciada recorrió la cárcel sin necesidad de palabras. Los presos que habían visto a Theodoros abandonando el encierro golpeaban los barrotes con las escudillas y los que no, no tardaron en hacerlo. Pronto, en la prisión entera se armó una algarabía que duró hasta el amanecer, cuando una compañía de legionarios entró en el Olvidadero alanceando a todos los presos a través de las rejas hasta la muerte. Los cadáveres, amontonados en el patio, ardieron durante días.

 

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