El anillo de los Salazar. Capítulo II

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2.Miramontes

 

El Monasterio Dualictino de Miramontes no era mucho más que un conjunto de toscas edificaciones alrededor de las torres de un viejo castillo, a escasa distancia del pueblo del mismo nombre. Una pequeña localidad perdida entre las faldas del monte Arantza. Pero era, aun así, el mayor edificio en leguas alrededor.

A las dos de la madrugada y en pleno invierno, una luz en el piso superior continuaba encendida. El Prior Tailor abrió la portezuela y se adentró en la galería. El frío se colaba por cada hueco, por debajo de cada puerta y por las mismas grietas del piso de madera. Se recogió el hábito antes de entrar en la sala de reuniones.

Llamó y una voz orgullosa le instó a entrar. Una vaharada de aire caliente lo golpeó y apagó su fanal. Un gran fuego rugía en la enorme chimenea situada al otro extremo de la sala. Sentado en el ancho sillón de terciopelo rojo se encontraba el Obispo Maveric.

Después de dejar el farol sobre una mesita, se dirigió hacia el prelado e hizo una reverencia que no fue apreciada en absoluto.

–Es un honor volver a tenerlo aquí señor –el religioso no se levantó, ni siquiera lo miró–. ¿Desea algo para beber?

–He viajado todo el día y toda la noche para traerte un nuevo alumno para tu escuela –dijo observando las llamas danzar sobre los enormes troncos de roble.

–Señor, la escuela está completa, no admitimos más niños…

–No es un niño, Tailor. Ha empezado a afeitarse hace poco. Es el hijo menor de Salazar de Nordglass.

–¿El hijo del conde de Nordglass? Creí que había…

–Si, Cara de Zorro murió hace unos días, durante unas revueltas contra los rebeldes seltzerinos. Su testamento dejaba bien claro, entre otras cosas, que su hijo menor debía servir a la dualidad para reparar sus pecados. No te decepcionará, es un chico inteligente aunque un poco rebelde.

–Bueno, en ese caso creo que podré encontrar un hueco. ¿Dónde está?

–¡Oh!. Eso es lo mejor de todo. Ya lo tienes aquí. Así te harás una idea de con qué tienes que lidiar.

En ese momento se abrió de nuevo la puerta de la sala y entraron dos monjes sujetando a un rubio muchacho de unos catorce años que se debatía por liberarse de la presa de los religiosos, mientras soltaba unas blasfemias tales que los monjes que osaran repetirlas serían azotados hasta caer desangrados. Los mismos que lo retenían intentaban con todas sus fuerzas hacer ver que no lo oían.

–Lo hemos cazado a la altura de la taberna de Hynosus –dijo uno de ellos–. Ha resbalado.

Por el acre olor no resultaba difícil saber con qué lo había hecho.

El obispo se levantó del mullido sillón y los muelles de fleje rechinaron de manera horrorosa. Juntó los puños y pronunció una plegaria antes de dirigirse al chico.

Muchacho. Te dejo a cargo de Tailor. No te andes con tonterías o recibirás un castigo ejemplar. Me aseguraré personalmente de que el Prior te ate bien corto. Todos tenemos un destino. Puede que no te guste, puede que incluso no tenga nada que ver con esto, pero lo que escribe la pluma de Artema no puede ser cambiado ni borrado. Hasta la vista, chico.

El Obispo se envolvió en su enorme capa negra de viaje y sin más ceremonias se dirigió hacia la puerta. No tardó en dejarse ver montado en un esforzado corcel blanco, atravesando la aldea y perdiéndose en la noche por el camino del sur, rumbo al Concejo.

    

–Muy bien, chico –dijo el Prior, visiblemente más seguro de si mismo ante la ausencia del obispo–. Sin duda sabrás que las últimas voluntades son sagradas, y más si tu propio padre confió en ti para ello. Pero en última instancia eres tú y solo tú el responsable. ¿Quieres deshonrar la memoria de tu padre?

El muchacho esputó su opinión sobre la cara del religioso.

–Muy bien. Tú has elegido. –dijo mientras se limpiaba la saliva con la manga del hábito–. Lo primero que vas a ver del monasterio va a ser su celda de castigo, y como no cambies de actitud vas a acabar conociéndola mejor que tus propias manos.

El Prior Tailor regresó a su celda tras haber arrojado a su más nuevo alumno a las húmedas mazmorras. Algo le decía que en los próximos años nada iba a ser igual que antes. Su intuición no le falló.

Una semana más en la celda de castigo parecía haber doblegado la voluntad del joven Salazar. Estaba pálido y enfermizo y cumplía las órdenes, sin  ganas y sin rechistar. O al menos fue así durante los primeros días.

Debido a que nunca nadie se había preocupado por enseñar a leer ni a escribir al muchacho, fue colocado entre los alumnos más jóvenes y vigilado estrechamente por los profesores. A las dos semanas ya leía y escribía mejor que la mayoría de los alumnos de su curso, y un mes después los superaba a todos con creces. Empezó a aburrirse, a mostrarse pendenciero con sus compañeros más jóvenes y a hacer una trastada tras otra. Los profesores rápidamente se dieron cuenta del porqué de la situación y decidieron pasarlo a un curso superior.

Siguiendo esta tónica pasó por cinco cursos en uno solo. Ya no era el más mayor de su curso. Ahora era el benjamín de la clase. A sus compañeros les frustraba que un chiquillo de quince años les superase en todos sus exámenes y que además lo hiciera sin estudiar. En clase parecía no atender, no tomaba notas y aún sacaba tiempo para molestar hasta el hastío al pequeño Oliver, que aun siendo mayor que él era bajito, regordete y aniñado. El pobre acabó tirándose de uno de los balcones del tercer piso y por suerte para el, cayó sobre el tejado de uno de los cobertizos de la lavandería con solo una pierna rota. No volvió nunca más al monasterio de Miramontes. El joven Salazar pasó un mes entero en la celda de castigo por eso, aunque lo peor vino después.

Sus compañeros no tuvieron compasión por el. Todos sabían el motivo por el cual el pequeño Oliver, el único capaz de competir con Irvin en los exámenes, se tiró desde las ventanas del aula de astronomía y estaban dispuestos a vengarlo. Aunque Oliver nunca fue muy popular, fue la excusa perfecta para machacar a ese muchacho que se creía superior a ellos.

Desaparecía a veces durante varios días huyendo de la opresiva vida monacal y cuando volvía, los monjes lo encerraban sin conseguir sacarle ni una sola palabra. Por supuesto el castigo no servía para nada y a veces se pasaba horas cantando las obscenas canciones que había aprendido de los hombres de armas de su padre solo por molestar a los monjes, aunque eso le costara más tiempo de condena. Le daba igual. Prefería estar encerrado y hacer lo que le viniese en gana que  acatar las órdenes estúpidas de monjes que no catarían mujer en su vida por propia voluntad, y las maldades de compañeros que lo torturaban con el único fin de no ser ellos el objetivo de los infelices de siempre.

Irvin se largaba al campo. Pasó días enteros escondido entre las agujas de pino, impregnándose del olor a bosque. Descubrió que así era más fácil aproximarse a los animales y pasar desapercibido. Construyó trampas para pequeños mamíferos como zorros y gatos, los cuales acababa por matar y diseccionar más por curiosidad que pura maldad. Durmió en los huecos de las raíces como los tejones y entre las ramas como las aves. Aprendió a imitar los sonidos de los pájaros y localizar comida, sin necesidad de robar o acumular provisiones en el monasterio antes de marcharse. Descubrió que algunas setas le hacían volar y comunicarse con los seres del bosque.

Todo lo que le contaban los sacerdotes sobre la Dualidad de Dios le parecían estupideces, solo había que observar y esperar para comprender las cosas.

Una vez en el monasterio, durante sus encierros o durante las clases de teología(1), se recreaba en las vívidas imágenes que conservaba del bosque. Irvin se hallaba dotado de una prodigiosa memoria fotográfica. No necesitaba estudiar. Le bastaba con echar una ojeada al libro de lecciones.

Lo único que realmente le gustaba eran las matemáticas. Le divertía la fría lógica aplicada a un mundo ilógico. Le resultaba complaciente saber que, al menos en algunos aspectos, era posible obtener soluciones lógicas. En cuanto al estudio del Lehbanni, a veces se le atragantaba un poco porque no era tan sencillo como poner una palabra y sustituirla por la otra, pero comprendió enseguida el sutil empleo musical de los matices y significados de las palabras, con la cual la lengua actual parecía burda y grosera. Era ciertamente la lengua de los antiguos, conservada únicamente en piedra y papiro. La lengua del antiguo imperio Lehbann, más conocido como el imperio antiguo. La lengua de los antiguos dioses.  Los mismos que esos idiotas con hábito rechazaban.

(1):El profesor de esta materia se había acostumbrado a ignorarlo porque prefería su silencio a sus razonamientos, impecablemente lógicos e implacablemente blasfemos.

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