El Dictador Oscuro (SciFi)

sci-fi-2

Tibor recorrió una vez más el pasillo que se curvaba bajo sus pies mecánicos. Los hidráulicos gastados de su pierna derecha rechinaban cada vez más y pronto las holguras serían incapacitantes, pero se resistía a volver al Reconstructor. Cada vez que tenía que arreglar algo de su cuerpo biónico, quedaba algo menos de él. Se preguntó una vez más qué sería esa vez, si no era ya la definitiva.

Aún le quedaba parte del brazo, medio pulmón, el ojo izquierdo y el cerebro, que por otra parte estaba plagado de implantes; y de propina, el pulgar de la mano izquierda. Los pulgares son lo que hicieron al hombre ser lo que son, recordó o quizá imaginó recordar. Se preguntó por qué él seguía considerándose un ser humano, y si simplemente lo seguía pensando por tener que recortarse de vez en cuando aquella única uña.

La articulación dañada lo hacía tambalearse más de lo debido, por lo que su caminar era lento y trabajoso, casi como el de un anciano. Le parecía curiosamente apropiado, pues todos los que conoció alguna vez habían muerto en tiempos tan lejanos que, para recordarlos, tenía que recurrir a copias de memoria que ya ni siquiera llevaba encima. Se acercó a la escotilla y observó el esferoide cubierto de verde, ocre, azul y blanco. El planeta donde había nacido, pero que tanto había cambiado desde entonces. Quizá incluso más que él.

Se tapó el ojo biónico con la mano mecánica y abrió su propio ojo. Con el ojo derecho podía ver con mucha más claridad, aumentar la imagen hasta poder distinguir los rebaños de ovejas paciendo en las lomas y retroceder, si era necesario, para distinguir algún detalle adicional, pero con su ojo izquierdo todo era simplemente más real. Dirigió su mirada humana hacia lo que ahora era el norte. Allí, detrás de la curvatura del horizonte, bajo una gruesa capa de hielo permanente, se encontraba lo que había sido Eunea, la ciudad que lo vio nacer y de la que fue gobernante un tiempo, hasta que fue engañado y capturado por los dioses. Miró entonces hacia el polo. Allí, aunque con esa vista no pudiera distinguirlo, sabía que, rodeada de torres de hielo altas como montañas, estaba la pequeña cápsula que los encerraba, esperaba que para siempre.

Y para siempre debería vigilarlos.

Sabía que no faltaba mucho para que el Reconstructor acabase por eliminar sus últimos vestigios de humanidad con una nueva reparación. Muy pronto, quizá en cien o doscientos años, solo quedaría su cerebro conectado a la máquina autónoma que habitaba, y quizá en otros doscientos todo lo que albergaba su maltrecho tejido cerebral sería trasvasado a inertes placas de silicio. Muriendo con el fin paradójico de poder ser eterno.

Llegó a una sala iluminada por un número infinitesimal de puntos blancos ordenados en complejos patrones. En la consola central brillaban siete luces rojas, diseminadas en un mar de luces apagadas. Solo tenía que tocarlas para que esas siete se apagaran, acabando con los seres a los que representaban, pero no se atrevía. Los dioses eran nueve y eran mucho más poderosos que los simples hibridados. Y sin embargo esos hibridados eran inconcebiblemente poderosos para los simples humanos.

Su cerebro auxiliar emitía una señal de alarma. Sucedía constantemente y su cerebro humano apenas le prestaba ya atención, pero algo que creia adormecido y marchito, su intuición, le decía que esta vez no tenía que ver con el estado de sus articulaciones mecánicas. Volvió a contar las luces encendidas y volvió a hacerlo una vez más, convencido de que algo debía estar mal de uno u otro modo. una nueva luz roja se había encendido en el tablero.

No se le ocurrió otra explicación posible. Algo se había estropeado y eso suponía tener que hablar con el Reconstructor.

Había un acceso directo en su cerebro auxiliar, un solitario icono que, por lo general, intentaba pasar por alto.

El Reconstructor comenzó desgranando una lista de todos los errores, fallos y deficiencias. La mayor parte de ellas tenían que ver con su cuerpo. Timón esperó pacientemente a que acabara  la larga lista, de más de tresmil quinientas entradas. Se le hizo larga incluso a él, un ser obligado a vivir eternamente.

–Reconstructor –comenzó diciendo cuando por fin la voz sintética calló–, soy Timón. Solicito informe de daños en tablero de seguimiento de simbiontes.

–No se han detectado errores en el tablero de seguimiento de simbiontes. Se aconseja reparar en primer lugar…

–Luego, por favor. ¿Cómo explicas entonces esto? Hace al menos seiscientos años que solo quedan siete simbiontes intactos en su contención. Los demás, a falta de una palabra mejor, murieron.

–No se han detectado errores en el tablero de seguimiento de simbiontes –contestó el Reconstructor con una voz que a Tibor se le antojó cansada, por mucho que supiera que se trataba de una grabación –. Se recomienda reparar en primer…

–Si, luego hablamos de eso. ¿Has probado a detectar errores en tu localizador de errores?

–No he detectado errores en mi localizador de errores –contestó unos segundos más tarde–. Se recomien…

–Por cierto –interrumpió–, ¿Qué pasaría si tu sistema localizador de errores tuviera errores?

–Entraría en funcionamiento el sistema auxiliar de detección de errores. Se recom…

–¿Entonces por qué hay encendidas ocho luces? ¡Tienes que saberlo! ¡El hechicero no puede haber vuelto a la existencia!

–No puede haber resurgido –dijo con ese tono que a Tibor le parecía percibir como cansado–. No hay errores en el tablero de seguimiento de simbiontes. No hay errores en el sistema de detección de simbiontes. Se reco…

–Pero son resultados incompatibles.

–Son resultados incompatibles. Estoy diseñado para pasar por alto los bucles lógicos de forma que no pueda…

–Si, ya lo sé. Volverte loco.

–No puedo volverme loco. Volverse loco es privilegio de los seres pensantes.

Tibor esperó el familiar mensaje que le sugería reparar inmediatamente alguna cosa, pero no llegó. Con el paso de los siglos el Reconstructor había acabado por desarrollar algo parecido a una personalidad. O quizá lo imaginaba. Aunque lo detestaba profundamente, era el único modo de comunicarse con algo que no fuera él mismo. Por otra parte seguía siendo una máquina, tan incapaz de efectuar pensamientos abstractos o comprender la ironía como  incapaz era Tibor de ir al baño y excretar algo que no fuera líquido lubricante.

Aprovechó el silencio para ponerse manos –es un decir– a la obra. Se le acababa de ocurrir una idea. Quizá fuera una tontería rudimentaria y estéril, pero la perspectiva de hacer algo diferente, cualquier cosa, era irresistible.

Introdujo las coordenadas que encontró junto al botón recientemente encendido y dejó que el Dictador se desplazara hacia el sur, hacia la vertical del lugar donde había reposado en tiempos el simbionte díscolo. Tardó más de treinta horas en alcanzar el lugar, pero esperar no lo asustaba ya. En cambio comenzó a sentir una comezón similar a la ansiedad, que sin embargo no era más que un desvaído sustituto de los chorros de hormonas que, en tiempos sus órganos hubieran dispersado por la sangre. Pronto llegó a la misma conclusión a la que había llegado quizá millones de veces antes. Era descorazonador tener a su disposición una variedad tan completa de drogas, para acabar echando de menos las reacciones normales y naturales. Era descorazonador y ni siquiera tenía corazón ya. La poca sangre que necesitaban las partes humanas que le quedaban era movida por una pequeña bomba. Ya no había latidos, un zumbido constante los sustituía. Un zumbido que podía dejar de oír, simplemente ajustando el volumen de sus oídos microfónicos.

Fue ajustando el ángulo de la escotilla y una vez enfocados los sistemas puso su vista a trabajar, primero en modo básico.

Lo primero que distinguió fue un pilar negro. Algo similar a un tubo vertical que, a falta de referencias fiables en el terreno circundante tuvo que medir con los mismos sistemas cartográficos del Dictador. Era de un tamaño inmenso desde el punto de vista humano.

En el fondo de la oscura chimenea había una especie de tosco salón con unas cuantas piedras verticales dispuestas en círculo. En el centro, lo que en tiempos había sido algo similar a un altar estaba quebrado y abierto. Tuvo que echar mano de todos los recursos de los que disponía el Dictador, además de forzar su propia visión biónica, para cerciorarse de que el receptáculo de su interior estaba vacío.

Alguien había robado el orbe.

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