El anacoreta.

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Photo: Romain Guy. Light to Sand

El anacoreta despertó en su cueva. Algo pasaba, algo volvía a perturbar el descanso de aquellos que no debían ser despertados. Se incorporó con un desagradable chasquido de casi todos sus huesos y abrió los ojos blancos. Una nueva capa de sedimentos cubría el suelo casi hasta la altura de la repisa, el lugar por donde antaño corriera el arroyo subterráneo, estaba colmatado de limo. Salto desde su repisa, se  intentó sacudir el polvo de siglos y cayó en la cuenta de que el pelo y la barba, que habían crecido sin control durante todos esos años le suponía un grave problema a la hora de moverse. Eligió un lugar en la arena húmeda y cavó en ella al tiempo que saciaba su sed milenaria con el turbio agua que manaba. Al fin rescato su pequeña y aún afilada hoja de sílex, pues una de acero habría acabado deshecha con el paso de los siglos.

Muchas horas más tarde, un anciano arrugado emergió entre las guedejas, desnudo y marchito, pero ágil y fuerte como la madera endurecida al fuego. Así comprobó que, efectivamente, el antiguo camino que conducía a la salida, estaba completamente bloqueado por un desprendimiento y tuvo que volver. Una vez allí alzó los blancos ojos al techo. Quizá las piedras recordaran. Puede que incluso recordaran lo que él no era capaz, de llegar más allá, donde los ojos de su memoria quedaban ciegos. Escuchó la roca. Deambuló acariciándola, sintiendo el peso del desierto en sus mismísimos cimientos. Paseó su espíritu entre los huecos dejados por miles de pequeños moluscos convertidos en roca mucho atrás, buceando en una escala temporal que incluso al anacoreta le era ajena, los tiempos en los que aquel lugar era aún un océano. Palpó la roca y ésta lo reconoció como a un viejo amigo. El anciano respondió al saludo. Aún le debía favores, era hora de cobrarlos.

El suelo tembló. Una grieta se abrió en el techo y una gran losa cayó sobre el suelo de la cueva. Más arena, esta vez procedente de fuera penetró en la gruta a modo de cascada, al mismo tiempo que el sol alumbraba su interior, quizá por primera vez en millones de años, el montón seguía creciendo; como un gigantesco reloj de arena dado la vuelta. El anacoreta escaló por él y trepó por la cascada, aferrándose a los granos que caían. El tiempo volvía a correr. El anciano estaba en camino.

 

 

Este relato llevaba escrito un tiempo, pero hoy he encontrado la imagen perfecta para ilustrarlo. Ha llegado el momento de sacarlo a la luz.

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