Primeros parrafos de mi nuevo proyecto a largo plazo.

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Soy de esos escritores que adora el Worldbuilding aunque ni lleve moluscos simbólicos ni órbitas extrañas. Pero como a Tolkien, me gustan los mundos con trasfondo, historia antigua y no tan antigua; y debido  a eso llevo, desde que empecé a escribir La vara de serbal, elaborando su pasado. Primero a grandes rasgos y más tarde definiendo algunos de esos pasajes. Horas y horas de trabajo, de comerme la cabeza y garrapatear planos, mapas, leyendas, mitos… de los que no aparece sino alguna pincelada en el texto final.  Sigue leyendo

El anillo de los Salazar. Capítulo IV.

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4.Olfateos. 

 

Miramontes. Año 353 del I. N. Día 182

1

Volvió a escaparse a principios de su decimosexto verano, después de que uno de esos imbéciles con túnica le impusiera penitencia por haber sido descubierto aliviándose manualmente. Que hubiera sido precisamente ese cerdo que se llevaba al pequeño Robbie el retrasado para que lo hiciera por él en su celda, según decían los rumores, fue el grano que hundió el silo. Además los profesores habían descubierto que aprovechaba el tiempo que pasaba castigado para planear más trastadas. Ahora le esperaba media luna recitando los siete cantares de rodillas frente a esos dos trozos de piedra fría y mirada vacía. Dos pedazos de mármol tallados que se alzaban a ambos lados del altar del templo y que representaban a Daegon y a Artema, los dos aspectos de Dios.

Aún no habían descubierto su ruta de escape del monasterio y quizá se fuera definitivamente esta vez. Era verano y hasta que volviese a caer el invierno podría vivir en los bosques sin dificultad. ¿No era eso lo que hacían los Silvestres?

Irvin los había visto el otoño anterior, acampando furtivamente al otro lado del valle, a la vista del monasterio. Levantaban pequeñas tiendas de lona, encendían sus fuegos y en menos de un cuarto de luna se largaban a otro lugar.

Una vez en su celda levantó una de las losas del suelo. Ahí había cavado un pequeño hueco en las horas donde los demás dormían o rezaban, ya que nunca había sentido demasiada necesidad de lo primero y jamás de lo segundo. Allí guardaba sus tesoros prohibidos por los monjes: una daga, un cinturón, unos calzones, una gorra y una túnica no monásticos robados del cofre de las donaciones; y también algo de comida: cecina seca, castañas, algo de pan de centeno un poco duro, y una cuña de queso sacada de las cocinas.

2

Salió de su celda y atravesó los pasillos. Faltaba cerca de una hora para el amanecer y solo quedarían despiertos los imaginarias del templo, hincando estúpidamente las rodillas en el frío suelo, gastado donde las plantaban, recitando una y otra vez los mil versos del cantar de la luz con la intención de aliviar a Dios las horas de oscuridad, pero aburriendo hasta a la piedra en la que estaban tallados sus aspectos.

Se deslizó hacia la sala de las comidas y allí se acordó de algo. Volvió con cuidado hasta una puerta lateral y buscó en el hueco entre dos piedras de la base del muro. En una ocasión había visto al sacristán esconder algo allí. Como había sospechado, era la llave de la puerta. Dentro, sobre la mesa de roble estaba la recaudación de impuestos de la última estación: una pesada bolsa llena de oro a medio contar y un cofre con el dinero, ya contado, cuidadosamente anotado en el pergamino. Tomó la bolsa y sustituyó las monedas de plata por otras de oro hasta completarla, intentando no hacer ruido. Se la colgó al cinto de sus ropas no monásticas y se complació haciendo una obscena caricatura de Daegon y Artema en el pergamino.

Volvió a la sala comedor y se introdujo en la chimenea. Ahí empezó a trepar por las irregularidades del interior de la chimenea, usando los huecos dejados por algunos ladrillos reventados por el calor, hasta la altura del segundo piso. Allí el conducto sufría una ligera curva y continuaba por el interior de la pared, con ramificaciones laterales por el interior de los muros que llevaban el aire caliente hacia otros puntos del edificio, los cuales usó de escalera.

Por fin salió al tejado, frío comparado con el tiro de la chimenea. Se sacudió el hollín de las ropas lo mejor que pudo y se descolgó hasta el techo del templo. Allí, muchos codos más abajo, oía aun a los imaginarias aburriendo a los dioses mientras, hacia el este, el día empezaba a clarear. Desde allí solo tendría que ir buscando los tejados cada vez más bajos: las alas del templo, el refectorio, la carpintería, la lavandería y el cobertizo de las herramientas. Luego caminaría sobre la valla hasta los montones de estiércol tras las caballerizas. Era prioritario estar lejos cuando descubrieran su fuga.

3

Usó un palo para limpiarse las botas de bosta de caballo y se dirigió hacia el camino, con ritmo pausado, lo importante era no llamar la atención. Con los primeros rayos del sol llegó al puente, donde pagó un alevin de hierro por cruzar y un sueldo de oro como respuesta a preguntas que no quiso responder. Poco más adelante rebasó a unas viejecitas que cuchichearon al verlo pasar y al siguiente recodo sonaron las campanas del monasterio. Su descripción no tardaría en circular.

Llegó a una bifurcación en el camino. Uno conducía al sur, a Milvan y el otro lo llevaría al norte, hacia Nordglass, su hogar. Tras meditarlo unos instantes se adentro en los bosques, buscaría a los Silvestres. Irvin había tenido un breve acceso a un libro de mapas y con eso y la posición del sol sería más que suficiente. Subió por la ladera tratando de esquivar campos cultivados y prados, donde las reses lo miraron indiferentes. Las tierras del valle dependían en mayor o menor medida del monasterio y debía evitar que lo vieran.

Por la tarde llegó a la porción de bosque donde habían acampados a los silvestres. Vio el monasterio y la ventana de la que había sido su celda: la quinta del segundo piso. En cambio no encontró más restos de ellos que algunas rocas dispuestas en torno a viejas hogueras; tenía que haberse escapado cuando aún acampaban aquí. De repente cayó en la cuenta de que no había planificado nada más allá que la escapada. De algún modo había dado por supuesto que encontraría alguna manera de seguirlos, pero los Silvestres no dejaban restos. O al menos, rastros que pudieran seguirse seis lunas más tarde.

Tenía oro en buena cantidad, pero en el bosque no le serviría de mucho. Sopesó la idea de regresar y tomar el camino de Nordglass, su hermano, Lupo, era ahora el conde pero dudaba que lo recibiera. Había acabado en Miramontes como última voluntad de su padre y su hermano no pasaría por alto algo así. Él mismo era quien lo había enviado al monasterio. Según recordaba se había mostrado más estricto que su propio padre, quien también se llamaba Lupo, pero que era más conocido en el pueblo como «El viejo Cara de Zorro». Desechó también esa idea, lo más probable es que lo buscaran primero en esa dirección.

Tomó una decisión. Por el camino del sur se llegaba al bosque de Ham que, en teoría, era propiedad del Concejo, pero del que había oído, tenía problemas con los Silvestres, así que resolvió que tomaría ese camino, pero no ahora. Aún lo buscaban y salir a los caminos suponía la vuelta forzosa. Si cruzaba las montañas que se levantaban al este llegaría al camino imperial, bastante lejos de las sendas de Las Comarcas. No llevaba el hábito, pero su pelo tonsurado lo delataría en cuanto se quitara la raída gorra.

Al caer la tarde encontró un lugar apartado y res-guardado: un estrecho valle orientado al sur. Allí apiló maderos contra el tronco inclinado de un árbol hasta conformar un cono que cubrió de ramas de escoba y hojarasca. Cuando acabó anochecía y solo entonces cayó en la cuenta de que no había probado bocado en todo el día. Sacó la cuña de queso y la contempló triste. Hoy debía conformarse con las provisiones robadas, pero pronto se vería obligado a cazar.

4

No hacía mucho que había cerrado los ojos, o al menos eso le pareció, cuando se despertó sumamente intranquilo, con una sensación al mismo tiempo familiar y extraña. Le hormigueaba la piel y salivaba, su respiración se volvió agitada y los oyó llegar. Se asomó fuera del refugio y la luna llena le mostró una visión del bosque algo gris, pero casi tan nítida como la del día. Al principio no vio nada, hasta que las sombras se perfilaron contra el fondo. Cinco lobos merodeaban, sin duda lo habían olido. Su refugio no resistiría el embate decidido de esos animales. Comenzó a temblar incontrolablemente, de una forma que el miedo no acababa de explicar. Los lobos llegaron hasta la choza y la rodearon curiosos. Irvin sujetó con fuerza el pedazo de corteza que usaba como puerta. Los lobos parecían agi-tados e intranquilos y tardaron mucho rato aún en decidirse a tocar la choza. Oía los olfateos, el rascar y notó como un líquido caliente bajaba por su pierna.

Era sin duda uno de esos momentos en el que en el monasterio insistían que había que rezar, pero se resistía a hacerlo.

La pata de uno de los lobos atravesó la cubierta de escoba y hojarasca y casi lo toca. La piel le picaba horrores y la saliva caía sin que pudiera controlarla. Notaba las encías hinchadas de apretar los dientes. Entonces, de forma involuntaria y fruto de la costumbre, mencionó a Daegon y Artema y el resto del hilo de la oración se deslizó resbalando como un río a través de sus pensamientos, como pis a través de la nieve. Notó como miles de agujas perforaban su piel de dentro a fuera. Unos poderosos colmillos atravesaron sus encías convertidas en fauces. La ropa le estorbaba y, cuando intentó quitársela, descubrió que no tenía manos, sino zarpas.

 

El anillo de los Salazar: CapítuloIII

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3.Redención. 

El Concejo. Año 359 del I. N. Día 159

1

Theodoros despertó desconcertado. Se hallaba en una amplia cama con sábanas de lino blancas. Tras superar el estupor inicial, recordó vagamente que lo habían sacado de aquel agujero para meterlo en un carruaje. Más tarde, no sabía cuánto, lo habían bañado con agua caliente y recortado el pelo y la barba.

Se estiró por primera vez en mucho tiempo. Su espalda chascó y, tras una mueca de dolor, comprendió que lo necesitaba. La cama en la que estaba era, de hecho, mucho mayor que la celda donde había permanecido… ¿cuanto? ¿Un año? ¿Diez? Tras un momento de inquietud descubrió que lo habían vestido con una túnica blanca y sus heridas y laceraciones, en codos y rodillas, habían sido curadas y cubiertas por apósitos. En una mesa cercana estaba preparado el desayuno, consistente en pan, fruta y vino. Apoyó los pies en el suelo y trató de caminar hacia allí, pero al extender los brazos y no encontrar las familiares paredes de piedra, cayó al suelo. La cabeza le daba vueltas, así que se contentó con arrastrarse por la mullida alfombra. Una vez en la mesa comió, pero decepcionado consigo mismo, se sintió ahíto con tan solo media manzana.

La puerta se abrió y por ella apareció un hombre delgado y completamente calvo, descalzo y vestido con un hábito monacal. En contra de su primera impresión, Theodoros se dio cuenta de que debía tener casi la mitad de su edad. En su mano izquierda llevaba un atillo alargado, cubierto de anticuada seda obccana negra. En la mano derecha lucía un grueso anillo de plata con una rana como único símbolo.

—¿Me recuerdas?

—No, señor —dijo con voz ronca y atiplada. Hacía demasiado tiempo que no pronunciaba una sola palabra.

—Hace cuatro años fuiste condenado al Olvidadero por tus crímenes. ¿Te arrepientes?

«¿Cuatro años?», pensó Theodoros. Se dio cuenta de que el religioso lo miraba, esperando una respuesta. El recuerdo de sus manos ensangrentadas lo asaltó con singular viveza

—Desde el primer día —dijo al fin.

—¿Desde el primer día de encierro?

—Desde el mismo momento que comprendí lo que había hecho.

La sombra de una sonrisa pasó de largo por los labios de aquel monje.

—¿Crees que ya has expiado tus crímenes? ¿O crees que deberías volver allí adentro?

Theodoros sospechó que se trataba de una pregunta trampa, pero su moral estaba tan socavada que sólo pudo responder con lo que sentía.

—Nadie sale nunca del Olvidadero.

De nuevo aquella sombra de sonrisa, tan fugaz que se preguntó por segunda vez si realmente lo había visto.

—Veo que nada de lo que pudiera quebrantar tu cuerpo, ni las más refinadas técnicas de la Sede, te harán el menor daño comparado con el tormento que te infliges a ti mismo. Por eso te he elegido. Sé que serviste como mercenario en Salas y como pirata en Momboisse, y también que esos crímenes hace tiempo que los expiaste. Quiero que ejerzas como mi protector. —El sacerdote desenvolvió de forma metódica el objeto que había traído. Theodoros se alteró cuando vio aparecer la empuñadura de una espada—. Supongo que necesitas ponerte en forma. Esto solo es un regalo personal, en modo alguno aceptarlo sella nuestro trato. Al menos todavía.

—Pero… no soy dualictino.

—La Dualidad es historia. No importa en qué creas, siempre que creas en algo. —Theodoros debió mirarlo con incredulidad, pues explicó—: Llamamos a nuestro mundo Theia, los obccanos lo llaman Gradha y los habsharíes Khakvlyha. Es el mismo mundo, nadie puede negar eso. ¿Qué importa el nombre que le demos?

«La Dualidad es historia», pensó Theodoros. De repente no le parecía que hubieran pasado cuatro años, sino cuatro siglos.

—¿Sabe qué fue lo que hice para acabar aquí?

—Lo sé. Es una de las razones por las que te elegí.

Salazar acabó de desenvolver la espada y la depositó sobre la cama. Era un mandoble de unos nueve palmos de longitud, de acero oscuro, veteado y reluciente. La hoja estaba decorada con damasquinados en oro y plata. La empuñadura parecía fundida entera en pesada plata, tallada a buril con motivos de cuerdas y perlas entrelazadas. Un cuero negro y suave cubría dos tercios del mango, rematado con una calavera a modo de pomo, con una pequeña rana en la frente.

—Se llama Redención. —Al ver el gesto indeciso de Theodoros lo increpó—. ¡Es tuya! ¡Tómala!

Theodoros se levantó con dificultad de la cama y la empuñó con ambas manos. Durante un segundo se sintió lleno de energía y la pesada hoja se irguió hacia el techo; pero su cuerpo pronto tomó el control y recordó en qué estado se encontraba. La hoja cayó sobre la cama, desgarrando sábanas y colchón.

—Me parece que eso ha sido culpa mía. No te pero-cupes —añadió en un tono poco tranquilizador.

Theodoros vivió durante las siguientes lunas como en una ensoñación. Comía cada vez más y mejor y Salazar lo acompañaba a veces en largos paseos por los frondosos terrenos del Concejo. Así, en poco tiempo, comenzó a recobrar las fuerzas y, no por ello menos importante, su mente abotargada echó a andar.

Salazar se pasaba de vez en cuando a ver los progresos de su pupilo y transcurrió casi un año y medio hasta que pudo blandir a Redención con la destreza que un arma así requería. Sintió alegría y tristeza cuando Muldbert Warn, su instructor, le indicó que ya estaba preparado. Por primera vez se sentía libre de algún modo, había logrado manejar ese arma, que era suya pero que no creía merecer, con la dignidad debida. Y era muy consciente de que, a partir de ahora, su trabajo sería proteger a Salazar. Theodoros había sido soldado, era lo suficientemente consciente del tedio que tendría que soportar a cambio de solo algunos instantes de acción. Nada sería peor que ver óxido en esa hoja.

 2

Aquel día, Salazar llegó empapado bajo una lluvia que disolvía la poca nieve que había caído. Theodoros, al verlo desde lejos y percatándose de que el arco de la entrada lo resguardaba, decidió dar un paso al frente y mojarse él también. Redención colgaba a su espalda y sintió remordimientos; por la noche la limpiaría para eliminar cualquier resto de humedad y le volvería a dar aceite.

Salazar traía el hábito empapado. A pesar de la capucha llevaba la cabeza al descubierto, dejando que el agua resbalara sobre su cráneo. Miró a Theodoros con complacencia y este le devolvió la mirada devota con una pizca de extrañeza. Había algo perturbador en su expresión.

—¿Por qué te estás mojando? —preguntó a modo de saludo.

—Porque mi señor también lo hace.

—No eres mi siervo, eres un hombre libre. Es cierto que expresé mi deseo de que fueras mi protector, pero si no te cuidas no me sirves —dijo severo—. ¿Aún deseas serlo?

—Por supuesto, señor —dijo arrodillándose.

—Levántate. ¿Qué te he dicho? No eres mi siervo y arrodillado no podrás protegerme. —Suspiró—. Recibirás un sueldo, las comidas durante el servicio corren de mi cuenta y podrás abandonar cuando quieras. Pero esto es lo más importante: Me defenderás de quien quiera atacarme, mirarás de forma torva a quien me mire mal y segarás los cuellos que sean necesarios. Para eso tienes una herramienta magnífica —dijo con un brillo extraño en los ojos, que sin embargo se volvió opaco cuando volvió a hablar—. Pero ante todo, no olvidarás que eres un hombre completamente libre.

Un rayo de sol se coló hasta el patio. En algún momento había dejado de llover y el sol volvía a lucir.

—Solo me falta una prueba más para decidir si eres apto o no. Si la pasas, serás oficialmente mi protector.

Theodoros lo miró nervioso.

—¿Qué clase de prueba?

—No tienes más que seguir las instrucciones que te he dado. Recuérdalas.

Salazar enfiló la puerta, atravesó el pasillo de la primera planta y subió por unos gastados escalones hasta el tercer piso. Theodoros lo siguió intentando recordar qué era lo que había dicho. Allí buscó una puerta y la abrió de una patada, aterrorizando al anciano que dormitaba tras un gastado escritorio.

—¡Su Eminencia! ¿Qué significa esto? —dijo el anciano cuando recuperó el habla.

—Theodoros, este es el Tesorero Abraxas. Falseaba las cuentas del monasterio de Miramontes, siendo una de las causas por las que tuvo que… cerrar. Logró zafarse incriminando a un débil mental del que abusaba lujuriosamente. Córtale la cabeza.

Theodoros sacó lentamente a Redención de su vaina. Abraxas no se movía ni trataba de escapar, pero no lo miraba a él ni a la espada. Varias personas habían acudido a ver qué pasaba. Salazar se las arreglaba para cegar la puerta solo con su esquelética figura y sus manos desnudas; tanto hubiera dado que fuera la puerta de un castillo. ¿Por qué necesitaba un protector alguien a quien todos temían acercarse?

Salazar se apartó y lo dejó pasar. No había mucho sitio, pero la punta de la espada era extremadamente cortante. Theodoros se había ocupado personalmente de ello.

Estaba mal.

Aplicó la hoja al cuello del anciano. No se movía, salvo para temblar.

No era una amenaza.

Aunque todo lo dicho por Salazar fuera cierto, comprendió, sus instrucciones no habían sido esas. Su misión era proteger, no ejecutar. Bajó la espada ante el gesto a medias atónito y a medias aterrorizado del monje.

—Soy un protector, no un verdugo —dijo esta vez en voz alta—. Si de verdad tengo que hacer esto, rechazo el trabajo.

Salazar sonrió, pero su sonrisa era fría, forzada. Theodoros sintió que el suelo faltaba bajo sus pies.

—Es justo la reacción que buscaba. Como muy bien has dicho, no eres un verdugo. Este individuo infame recibirá su castigo, pero no aquí, antes deberá ser juzgado y declarado culpable. Enhorabuena. Eres mi protector.

Theodoros sonrió débilmente. No estaba muy seguro de haber hecho lo correcto. Ambos se alejaron por el pasillo, al tiempo que varios legionarios entraban en el despacho y prendían al antiguo tesorero.

El anillo de los Salazar. Capítulo II

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2.Miramontes

 

Miramontes. Año 351 del Imperio Nuevo. Día 23

1

El Monasterio dualictino de Miramontes no era mucho más que un conjunto de toscas edificaciones alrededor de las torres de un viejo castillo, a escasa distancia del pueblo del mismo nombre que, a su vez, era otro tosco conjunto de edificaciones: una pequeña localidad perdida entre las faldas del monte Arantza. El monasterio era aun así el mayor edificio en leguas alrededor.

A las dos de la madrugada y en pleno invierno, una luz en el piso superior continuaba encendida. El Prior Tailor abrió la portezuela y se adentró en la galería. El frío se colaba por cada hueco, por debajo de cada puerta y por las mismas grietas del piso de madera. Se recogió el hábito frente a la puerta de la sala de reuniones. Llamó y una voz orgullosa le instó a entrar. Una vaharada de aire caliente lo golpeó y apagó su fanal. Un gran fuego rugía en la enorme chimenea situada al otro extremo de la sala, consumiendo buena parte de las provisiones de leña. Sentado en el ancho sillón de terciopelo rojo se encontraba el Clerado Maveric. Después de dejar el farol sobre una mesita se dirigió hacia el prelado e hizo una reverencia que no fue apreciada en absoluto.

—Es un honor volver a tenerlo aquí, señor. —El religioso no se levantó, ni siquiera lo miró. En sus ojos se reflejaban las llamas—. ¿Desea algo para beber?

—He viajado muchos días y noches para decirte que tienes que admitir a un nuevo alumno en la escuela —dijo observando el fuego danzar sobre los enormes troncos de roble.

—Señor, la escuela está completa, no admitimos más niños…

—No es un niño, Tailor —interrumpió—. Ha em-pezado a afeitarse hace poco. Es el hijo menor de Salazar de Nordglass.

—¿El hijo del conde de Nordglass? Oí rumores de que había…

—Si. El viejo Cara de Zorro murió hace casi una luna, durante unas revueltas contra sus propios siervos —suspiró—. El mundo ya no es lo que era. Su testamento dejaba bien claro, entre otras cosas, que su hijo menor debía servir a la dualidad para reparar sus pecados. No te decepcionará, es un chico inteligente, aunque un poco rebelde.

—Bueno, en ese caso creo que podré encontrarle un hueco. ¿Dónde está?

—¡Oh! Eso es lo mejor de todo, ya lo tienes aquí. Así te harás una idea de con qué tienes que lidiar.

En ese momento se abrió de nuevo la puerta de la sala y entraron dos monjes sujetando a un muchacho rubio, de unos catorce años, que se debatía por liberarse de la presa de los religiosos, blasfemando con vehemencia y originalidad. Los que lo retenían intentaban con todas sus fuerzas hacer ver que no lo oían.

—Lo hemos cazado a la altura de la taberna de Hynosus —dijo uno de ellos—. Ha resbalado.

Por el acre olor no resultaba difícil saber con qué lo había hecho. El Clerado se levantó del mullido sillón y los muelles de fleje rechinaron de alivio. Juntó los puños y pronunció una plegaria hacia las vigas antes de dirigirse al chico.

—Muchacho, te dejo a cargo de Tailor. No te andes con tonterías o recibirás un castigo ejemplar, me aseguraré personalmente de que te ate bien corto. Todos tenemos un destino y, según las últimas voluntades de tu padre, este es el comienzo del tuyo. Puede que no te guste, puede que más tarde no tenga nada que ver con esto, pero; «lo que escribe la pluma de Artema no puede ser cambiado ni borrado» —citó—. Hasta la vista, chico.

El Clerado se envolvió en su enorme capa de viaje, de grueso cuero y, sin más ceremonias, se dirigió hacia la puerta. No tardó en dejarse ver montado en un esforzado corcel blanco, atravesando la aldea y perdiéndose en la noche por el camino del sur, rumbo al Concejo.

—Muy bien, chico —dijo el Prior, sintiéndose más seguro de si mismo ante la ausencia del Clerado—. Sin duda sabrás que las últimas voluntades son sagradas y más si tu propio padre confió en ti para ello. Pero en última instancia eres tú y solo tú el responsable. ¿Quieres deshonrar la memoria de tu padre?

El muchacho esputó su opinión sobre la cara del religioso.

—Muy bien. Tú has elegido. —dijo limpiándose la saliva con la manga del hábito—. Lo primero que vas a ver del monasterio va a ser su celda de castigo, y como no cambies de actitud, vas a acabar conociéndola mejor que tus propias manos.

Tras haber arrojado a su más nuevo alumno a las húmedas mazmorras, el Prior Tailor regresó a su celda. Algo le decía que en los próximos años nada iba a ser igual que antes. Su intuición no le falló.

2

Un cuarto de luna más en la celda de castigo parecía haber doblegado la voluntad del joven Salazar. Estaba pálido, enfermizo y cumplía las órdenes sin ganas y sin rechistar. O al menos fue así durante los primeros días.

Debido a que nunca nadie se había preocupado por enseñar a leer ni a escribir al muchacho, fue colocado entre los alumnos más jóvenes y vigilado estrechamente por los profesores. A la media luna ya leía y escribía mejor que la mayoría de los alumnos de su curso y, una luna después, los superaba a todos con creces. Empezó a aburrirse, a mostrarse pendenciero con sus compañeros más jóvenes y a hacer una trastada tras otra. Los profesores pronto se dieron cuenta del porqué de la situación y decidieron promocionarlo a un curso superior. Siguiendo esta tónica pasó por cinco cursos en uno solo. Ya no era el más mayor de su curso, sino el benjamín de la clase. A sus compañeros les frustraba que un chiquillo de quince años les superase en todos sus exámenes y que además lo hiciera sin estudiar. En clase parecía no atender, no tomaba notas y aún sacaba tiempo para molestar hasta el hastío al pequeño Oliver que, aun siendo mayor que él, era bajito, regordete y aniñado. El pobre acabó tirándose de uno de los balcones del tercer piso y, por suerte para el, cayó sobre el tejado de uno de los cobertizos de la lavandería con solo una pierna rota. No volvió nunca más al monasterio de Miramontes. El joven Salazar pasó una luna entera en la celda de castigo por aquello, aunque lo peor vino después.

Sus compañeros no tuvieron compasión por el; todos sabían el motivo por el cual el pequeño Oliver, el único capaz de competir con Irvin en los exámenes, se había tirado desde las ventanas del aula de astronomía y estaban dispuestos a vengarlo. Aunque Oliver nunca fue muy popular, fue la excusa perfecta para machacar a ese muchacho que se creía superior a ellos.

Desaparecía, a veces durante varios días, huyendo de la opresiva vida monacal, y cuando volvía, los monjes lo encerraban sin conseguir sacarle ni una sola palabra. Por supuesto, el castigo no servía para nada y, a veces, se pasaba horas cantando las obscenas canciones que había aprendido de los hombres de armas de su padre solo por molestar a los monjes. Aunque eso le costara más tiempo de condena. Le daba igual, prefería estar encerrado y hacer lo que le viniese en gana en lugar de acatar las órdenes estúpidas de unos monjes, que no catarían mujer en su vida por propia voluntad, y las maldades de compañeros que lo torturaban con el único fin de no ser ellos el objetivo de los infelices de siempre.

Irvin se marchaba al campo. Pasaba días enteros escondido entre las agujas de pino, impregnándose del olor a bosque. Descubrió que así era más fácil aproximarse a los animales y pasar desapercibido. Construyó trampas para pequeños mamíferos, como zorros y gatos, los cuales acababa por matar y diseccionar más por curiosidad que por maldad. Durmió en los huecos de las raíces como los tejones y entre las ramas como las aves. Aprendió a imitar los sonidos de los pájaros y localizar comida sin necesidad de robar o acumular provisiones en el monasterio antes de marcharse. Descubrió que algunas setas le hacían volar y comunicarse con los seres del bosque. Todo lo que le contaban los sacerdotes sobre la Dualidad de Dios le parecían estupideces, solo había que observar y esperar para comprender las cosas.

De nuevo, en el monasterio, durante sus encierros o durante las clases de teología, cuyo profesor se acostumbró a ignorarlo porque prefería su silencio a sus razonamientos lógicos e implacablemente blasfemos; se recreaba en las vívidas imágenes que conservaba del bosque. Irvin, dotado de una prodigiosa memoria, no necesitaba estudiar, le bastaba una ojeada al libro de lecciones. Lo único que realmente le gustaba eran las matemáticas. Le divertía la fría lógica aplicada a un mundo ilógico. Le resultaba complaciente saber que, al menos en algunos aspectos, era posible obtener las soluciones esperadas. En cuanto al estudio del Malhabdhar y del Lehbanni, en ocasiones se le atragantaba un poco, pues había palabras cuya traducción al altaír podía depender de muchos factores, pero comprendió enseguida el sutil empleo musical de los matices y significados de las palabras, comparada con la cual, la lengua actual parecía burda y grosera. Era ciertamente las lenguas oficiales de dos antiguos imperios, conservadas únicamente en piedra y papiro. Las lenguas del imperio antiguo y medio. La lengua del Imperio Malhabdhar, cuyos dioses habían sido prohibidos, y del imperio Lehbann, cuyos dioses habían muerto. Los mismos que esos idiotas con hábito rechazaban para rezar a un dios doble que era mitad hombre y mitad mujer.

El anillo de los Salazar. Capítulo 1

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1.El Olvidadero. 

El Arribadero, Milvan. Año 359 del Imperio Nuevo. Día 157

1

Salazar avanzó por el pasillo. Sus pies descalzos apenas hacían ruido comparado con las botas claveteadas de su acompañante. A ambos lados, las celdas contenían guiñapos humanos: seres enflaquecidos, barbudos, sucios y enfermos. «Solo habéis empezado a expiar vuestros pecados», pensó.

El carcelero detuvo sus pasos y le señaló una celda. Dentro dormitaba encorvado un hombre grande y consumido, de enmarañada barba negra, ojos hundidos y piel estirada sobre el cráneo.

—¿Es él? —preguntó Salazar.

—Lo es, Eminencia.

—Parece muy débil. ¿Será capaz de sostener una espada?

—Está debilitado, sin duda, pero se recuperará en cuanto salga de aquí. No se le puede pedir a un hombre que se mantenga en forma después de tanto tiempo aquí dentro, pues…

—Está bien. Que lo vistan, aseen y afeiten. Y que me lo envíen al Concejo esta noche.

—La verdad, no quiero cuestionar sus modos pero… —se detuvo ante la expresión del religioso.

—Continúa, por favor. —Ese «por favor» tenía garras, tenía cuchillos y sabía cómo usarlos. Algo le decía al carcelero que negarse a contestar o mentir sería mucho peor que confesar lo que había estado a punto de decir.

—Es… que no acabo de comprender, por supuesto, sin juzgarlo, el por qué habiendo espadas juramentadas de intachable reputación, busca a su guardaespaldas en el Olvidadero. Aquí no hay más que criminales; y cosas aún peores, como…

—«Quien se muestra inmaculado, a la fuerza debe esconder vileza y corrupción, pues la perfección sin mácula es dominio exclusivo de Dios; así como el arrepentimiento verdadero es reino de quien ha perdido toda esperanza, y la lealtad auténtica corresponde al retribuidor de dicha esperanza» —citó. El carcelero bajó la mirada. —¿Piensas abrir? —añadió Salazar con un deje de impaciencia. Las llaves del funcionario cayeron al suelo.

—Por supuesto, señor —respondió el carcelero, agachándose para recogerlas, y buscando con dedos temblorosos la llave correspondiente.

En los últimos cien años, esas rejas solo se habían abierto para sacar los cadáveres de los reclusos o para emparedar a algún otro desgraciado, generalmente sin transición. La llave encajó con dificultad y, tras unos cuantos intentos, al fin logró girar. El chasquido despertó al hombre que, asustado, se irguió y se golpeó la cabeza contra el techo. Cayó encogido en un rincón, con las manos sobre la cabeza, temblando de miedo.

El chirrido de la oxidada puerta despertó de su letargo a muchos de los muertos en vida que poblaban aquella tumba anticipada. Algunos, los que llevaban allí menos tiempo, se asomaron entre los barrotes para intentar ver de quién era el cadáver que sacaban. Para sorpresa de Byomides, un antiguo pirata que ocupaba la celda opuesta a la del liberado, éste salió trastabillando, sujeto entre dos de los guardias. ¡Era posible salir con vida del Olvidadero!

El rumor de esa idea nunca pronunciada recorrió la cárcel sin necesidad de palabras. Los presos que habían visto a Theodoros abandonando el encierro golpeaban los barrotes con las escudillas y los que no, no tardaron en hacerlo. Pronto, en la prisión entera, se armó una algarabía que duró hasta el amanecer, cuando una compañía de legionarios al servicio de La Fe entró en el Olvidadero lanceando a todos los presos a través de las rejas hasta la muerte. Sus cadáveres, amontonados en el patio, ardieron durante días.

Varas de sauce. Capítulo 4: El nuevo miembro

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Cap1: https://seescribencosas.wordpress.com/2016/08/25/varas-de-sauce/

Cap2: https://seescribencosas.wordpress.com/2016/08/27/un-muchacho-llamado-lobo/

Cap3: https://seescribencosas.wordpress.com/2017/05/14/varas-de-sauce-capitulo-3-visitantes/

Cap4:El nuevo miembro

Lobo resulta ser un muchacho peculiar que hace buenas migas con Set

 

–¡Ah, hola, chicos! –dijo su padre al verlos llegar, llevaba el silbato con forma de halcón en la mano–. ¿Donde habíais ido? Estaba a punto de llamaros.

–Estábamos en la cabaña de Set –dijo su hermana rápidamente, echándole un vistazo nerviosa. Greg entrecerró los ojos.

–¿No habéis estado espiando a esos chavales mientras se bañaban? Sigue leyendo

Varas de sauce Capítulo 3: Visitantes

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Cap1: https://seescribencosas.wordpress.com/2016/08/25/varas-de-sauce/

Cap2: https://seescribencosas.wordpress.com/2016/08/27/un-muchacho-llamado-lobo/

3.Visitantes

 Unos extraños ocupan su charca y conocen al padre de Lobo.

 

Al día siguiente el chico no volvió a aparecer y Dan se preguntaba si volvería a hacerlo.

Pasaban la tarde en la charca atentos por si se acercaba, así que apenas se bañaron. Era una bochornosa tarde de la luna de fresno y el frescor de la luna de Roble no tardaría en hacerse notar Ronna contó por qué al final no la castigaron. Sigue leyendo

Los iluminados del Autor

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Un fragmento apenas desarrollado, una idea puesta en palabras. Aún falta mucho por pulir. Una religión en la que adoran al Autor, que es quien escribe el mundo:

Habían llegado a la plaza de las religiones, algo que en Altaria simplemente no era posible. ¿Varios representantes de distintas religiones orando y arengando en el mismo espacio sin que tarde o temprano corriera la sangre? En cierto modo resultaba inquietante, Irvin sentía que había algo que estaba mal en todo ello, era como contemplar animales salvajes paciendo tranquilamente unos con otros. O por lo menos esa fue la impresión que permaneció en su cabeza. Sigue leyendo

Varas de Sauce Capítulo 1. La cuerda.

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Hace tiempo decidí que La Vara de Serbal no iba a tener continuación directa, si bien he dejado algún personaje con un pié puesto en su siguiente etapa. Pero sin embargo eso es otra historia y será contada en otra ocasión.

Sin embargo me picó el gusanillo de usar el sólido escenario de Tamyria, antes conocida como La Mazmorra, para escribir algo distinto, con los hijos de los protagonistas, unos años más tarde, como centro de otras historias de un corte infantil-juvenil a la vez que amplío su mundo.

 

1.La cuerda

Ronna se escapa para  pasar la tarde en el arroyo y combatir el calor. Descubren que no están solos

 

Ronna apartó de un manotazo a la insistente mosca y con cuidado cerró la puerta para no despertar a sus madres, solo faltaba que la pillaran estando castigada. Hacía muchísimo calor y las chicharras zumbaban incansables entre los árboles. Atravesó el huerto, pasó junto al cercado de las gallinas, donde estas cloqueaban y revoloteaban y desde allí, llegó al camino que la llevaría a la represa del arroyo. Confiaba encontrar allí a sus amigos y a su hermano, jugando en el agua. Necesitaba refrescarse con urgencia. Sigue leyendo